Buena práctica en hábitat social. El conjunto Monteagudo de MTL

En los comienzos del siglo XXI, la vivienda continúa siendo un bien inaccesible para la mayoría de la población que habita en las ciudades y que realiza esfuerzos extraordinarios para acceder a ellas. La Ciudad de Buenos Aires no es una excepción.
Sin embargo, pareciera que existe consenso respecto de la necesidad de ampliar las posibilidades de acceso a un hábitat que mejore la calidad de vida de los sectores desfavorecidos.
En este sentido, el presente artículo da cuenta de una experiencia de organización colectiva, que aprovecha racionalmente “el conjunto de recursos de que dispone la ciudad y la sociedad, formando alianzas amplias entre quienes quieren hacer ciudades democráticas, sin expulsores ni expulsados”.
Una de las formas de organización colectiva es la autogestión, entendida como la administración en forma directa de los recursos para las políticas sociales por parte de los destinatarios organizados y capacitados, a fin de generar alternativas más eficientes en términos sociales –es decir, adecuadas al conjunto de las características de la demanda- y económicos, a valores inferiores a los de la ejecución empresaria tradicional.
La experiencia que se presenta sólo ha sido posible con el papel activo de las organizaciones sociales, de los cuerpos técnicos al servicio de un proyecto social y de un Estado que posibilitó el marco normativo para la participación de nuevos actores en la construcción de una ciudad más inclusiva.
La consolidación de la autogestión como política social toma cuerpo en el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires luego de un proceso de reivindicaciones por el acceso a la vivienda, surgido en el ámbito de las organizaciones que luchan por el mejoramiento del hábitat, que fue aprobado por la sociedad y legitimado por la Legislatura con la sanción de la Ley 341/2000, y su modificatoria Ley 964/2002. Esta ley habilita la posibilidad de que organizaciones sociales constituidas en cooperativas puedan administrar recursos estatales, por medio de créditos con garantía hipotecaria, exigiéndoles asistencia técnica a través de equipos profesionales interdisciplinarios.

Habitar en la vivienda social de Buenos Aires, 1905/2002

Dar respuesta a la demanda masiva de vivienda ha sido uno de los desafíos de la arquitectura moderna. La idea de “vivienda para todos” nace con el proyecto moderno, con los ideales de solidaridad y de un justo equilibrio y transferencia entre los ciudadanos. A pesar de la actual crisis de la modernidad, siguen vigentes la teoría y las herramientas con que se iniciaron y se desarrollaron las acciones en el campo de la vivienda. En nuestro país el incremento del déficit habitacional continúa y la población enfrenta cada vez mayores dificultades para acceder a su vivienda. Las proyecciones estadísticas indican que si no se instrumentan y aplican políticas sociales apropiadas, esta situación se agudizará, con el consecuente deterioro de la calidad de vida de la población. La Ciudad de Buenos Aires tiene un déficit habitacional que afecta a más de 100.000 familias, agravado por serios problemas de deterioro físico, inseguridad y falta de políticas para contrarrestarlos.
Para implementar una política habitacional sólida es necesario contar con un diagnóstico previo sobre el estado del parque de la vivienda social existente. Evaluar cómo está nuestro parque significa el reconocimiento de lo existente conjugando tiempos e intereses de la sociedad, criterio básico de la planificación.
El programa de mantenimiento habitacional de la FADU-UBA tiene por objeto desarrollar
investigaciones tendientes amejorar la calidad habitacional y a formar profesionales capacitados para actuar y gestionar el mantenimiento y la rehabilitación del hábitat.
Durante años, sus investigaciones enfocaron el universo de la vivienda construida por el Estado para los sectores de recursos insuficientes. Recientemente los estudios han incorporado a otro sector productor de vivienda social, el sector privado sin fines de lucro, tomando como referente una organización emblemática de actuación relevante en este campo durante los últimos 90 años, la Cooperativa El Hogar Obrero.
Esto permite comparar dos modalidades de gestión diferentes, la pública y la privada sin fines de lucro, y profundizar sobre alternativas de acceso y gestión de la vivienda solidaria frente a la actual crisis económica, el incremento de la pobreza y la exclusión.

Vivienda de interés social: ¿casas para la gente?

El título es la cortina de humo detrás de la cual se oculta la cuestión principal: hacer casas para la gente. Lleva a especular mucho con los números, las políticas y los medios de producción, hasta ahora los factores protagónicos, con olvido total de los convidados de piedra, el vecino, la ciudad. Si la vivienda y el urbanismo fueran temas de discusión popular y de la plataforma política, el juego de los actores en esta escena decisiva seriá más equilibrado.
Comparada con otras sociedades latinoamericanas, la nuestra ha dejado de ser integrada, y este fue uno de nuestros principales capitales como Nación. En nuestra ciudad uno de los mayores castigos que sufre la marginación es urbanístico y, luego e inmediatamente después, de vivienda.
¿Cómo podremos responder a este desafío? En este capítulo se hace un balance de medios y necesidades para la Ciudad de Buenos Aires. Las necesidades presentan, por una parte, la enorme franja cuantitativa que nos lleva a estimar en un 10%la población en precariedad o marginación, junto con la urgencia de actuar para el mayor número posible de gente. Por otro lado, y en contradicción con lo anterior, están las aspiraciones de los demandantes, acuñadas por la tradición.
Se muestra la historia de la construcción de viviendas populares con fondos públicos a partir de ejemplos paradigmáticos, que se inician con los óptimos modelos de la Comisión Nacional de Casas Baratas, concluyendo en las iniciativas locales de autogestión para la vivienda (2004/07) y se realiza un análisis, a través de fichas, que consideran el contexto histórico, el diseño urbano-arquitectónico y el tipológico, la situación actual de satisfacción, y la valorización -positiva o negativa- de dichas soluciones.
Se trata de rescatar las “buenas prácticas” como ejemplos posibles de replicar, con sus connotaciones en el tiempo, para capitalizar las fuentes primordiales de producción de hábitat popular.

Sobre el paisaje urbano de Buenos aires

Un texto de Manuel Castells anuncia que las ideas fuerza que habrán de desarrollarse en el espacio no son reflejo de la sociedad, sino la sociedad misma, que los procesos sociales conforman el espacio al actuar sobre un entorno heredado, y que el espacio es tiempo cristalizado.
La visión de conjunto del paisaje porteño históricamente fue posible por la ubicación costera y de barranca, desde el río. Estas primeras visiones coincidieron con la de Le Corbusier, que opuso, en contraste con tanta horizontalidad, la imagen de los rascacielos sobre el Río, que el autor considera realizada, en el paisaje de la Ciudad vista desde Colonia. Ya metido en el tejido, contempla calles rectas e infinitas, sin perspectivas con remates monumentales, a excepción de la Avenida deMayo y el Congreso Nacional. A falta de éstas, plazas y atrios de iglesias dan más modestos realces a algunos edificios excepcionales.
Más que como remates nuestras fachadas se despliegan en sucesión, una por vez, en las calles, cuya regularidad de cuadras (la verdadera “unidad” de nuestro paisaje urbano) contrasta con su perfil “serrucho”, testimonio de la presencia simultánea de sucesivos proyectos de ciudad, con edificios indiferentes cada uno con respecto a sus vecinos, heraldos ya anacrónicos de ciudades que no llegaron a completarse, abandonadas en favor de otras, que a su vez son abandonadas por otras más nuevas, en el mismo lugar, que deben convivir con sobrevivientes de proyectos urbanos anteriores. No crea el lector, por lo dicho, que el autor es un apóstol de la uniformidad. Por el contrario, refleja el cariño por este paisaje con muchas sorpresas, incluso las de varios ejemplos de entornos coherentes como lo fue hasta hace poco, la Avenida de Mayo, y lo son la Diagonal Norte y la Plazoleta Carlos Pellegrini.
Ante tanta variedad, ¿qué validez tienen códigos uniformes para cubrir vastas áreas, cuando cada lugar invita a la casuística, y no es tema menor cómo proceder para conciliar modernización y conservación?

Normas y formas: regulación y tipología en Buenos Aires

¿Hasta dónde llegan el poder y las limitaciones de las normas en cuanto a los tipos edilicios y el espacio público? El capítulo explora esta pregunta en una historia de las regulaciones en nuestra ciudad y sus efectos, tanto positivos como negativos. La tesis es que las normas son sólo una de las fuentes de la morfología resultante. Los gustos, costumbres, lo socioeconómico y las persistencias son mucho más fuertes. Distingue cuatro etapas diferentes y otras tantas tentativas de reconstruir la ciudad en base a sucesivos modelos. En todos los casos, las normas pudieron operar sólo sobre los edificios. El reemplazo del modelo chocó con condicionantes, como las manzanas, la traza de las calles, el parcelamiento y la fuerza de las edificaciones preexistentes, de enorme resistencia al cambio. Un primer momento, o de continuidad, con el consenso de la tradición: la casa baja de patios, desde la fundación hasta mediados del siglo XIX, con cambios graduales y casi imperceptibles. Un segundo momento, llamado de “haussmannización”: con la casa de departamentos de varios pisos, en el que se intentó regularizar las alturas de fachadas sobre las calles principales y avenidas. Pero los espacios libres siguieron la lógica de la casa baja, con un porcentaje de superficie.
Esto dio origen a patios interiores de condiciones ambientales infames. Se reglamentaron entonces el fondo libre y medidas mínimas de patios según la altura, o modalidades restrictivas. Para compensar, se aumentaron las alturas y sufrió el espacio público, por ahogo de las calles y pérdida de la uniformidad de alturas. El espacio público se convirtió entonces en un residuo de la edificación. Este resultado negativo se acentuó durante una tercera etapa, o propositiva, expresada en la reforma del Código de 1977, cuando se creyó que se podría modificar más profundamente el modelo urbano. Entonces se creó el tipo “perímetro libre o en torre”. Para estimular este modelo ideal, las recompensas fueron mayores y el efecto sobre la calle, más desastroso aún. El capítulo se cierra con una revista de tipos actuales y persistentes de vivienda cuasi individual, de baja altura y aprovechamiento intensivo del lote.

El revés de la trama

Se presenta la tesis de que, ante la densificación, dentro del molde de las manzanas, calles y fronteras entre lo público y lo privado determinados por Garay, Buenos Aires tuvo una encrucijada: crecer en altura, sobre las líneas de fachada de las manzanas, con un utópico corazón libre, o aumentar el desarrollo de las fachadas, y explorar el interior de las manzanas hasta el fondo de los lotes, con construcciones bajas, que mantuviesen las proporciones y condiciones ambientales de los patios, de eficacia ya probada por siglos en ciudades andaluzas y propias y, por supuesto, en Buenos Aires. No se recorre este camino por una vana historia contrafáctica, sino por la visión crítica del tejido de barrios porteños, con patios interiores ambientalmente inadmisibles. A esta visión negativa del aventanamiento de locales a tales troneras, como del efecto fatal que la irrupción de altas medianeras provoca en el sistema espacial de toda una manzana de casas bajas, y del encerramiento que la generalización del tipo produce, el autor contrapone una lúcida observación de numerosos ejemplos de soluciones alternativas, de desarrollo interior de manzanas en base a tipos bajos, que resisten la prueba de fuego, después de tantas décadas de construidos, de mantener su valor inmobiliario, y aún aumentarlo, pues son codiciados por sus particularidades y originalidad, como modelos muy atrayentes. Nada podrá hacerse ya con las extensas secciones de Buenos Aires que están construidas, pero sí con los no menos extensos barrios bajos que están sintiendo presiones de densificación. Soluciones bajas alternativas, de las cuales la ciudad construida es un fecundo laboratorio, merecen ser estudiadas, conservadas y su factibilidad económica explorada, para beneficio de toda la urbanidad argentina, que sigue por inercia los modelos porteños. El texto es un llamado a la experimentación, en investigación y en los propios talleres de las facultades.